La palidez de Isabella preocupó al CEO, la salud de la madre de sus hijos, sin esperar nada la tomó y la cargó en sus brazos.
— Vamos, te voy a llevar al hospital. Sabía que debía llevarte desde ayer en la noche, pero eres muy obstinada, carajo.
— No me grites... Estoy enferma y me estás gritando, bájame, yo iré sola. Eres... eres un hombre muy cruel... — Isabella comenzó a sollozar, estaba muy sensible, lo que hizo suavizar el tono del hombre ruso.
— No estoy gritándote cariño, estoy mol