Alexander
Luna era un maldito problema.
Uno que cada día se volvía más difícil de manejar.
Lo supe desde el momento en que apareció en mi oficina con su actitud desafiante y esa maldita sonrisa burlona que me sacaba de quicio.
Pero anoche…
Anoche fue diferente.
Entrar en esa habitación y verla con Mía entre sus brazos, susurrándole una canción mientras mi hija dormía plácidamente, había sido un golpe que no vi venir.
Era la primera vez que veía a Mía así de… tranquila.
Feliz.
Segura.