Punto de vista de Anya
Las luces estaban casi todas apagadas, salvo una pequeña lámpara en la esquina que proyectaba largas sombras en las paredes. Su chaqueta colgaba del respaldo del sofá, el teléfono en la mano, y sus ojos clavados en mí como si hubiera estado esperándome. Tal vez lo había hecho. Se me retorció el estómago.
—¿Por qué llegas tan tarde? —preguntó.
Su voz sonaba calmada, pero no era suave. Era esa calma que esconde algo afilado debajo.
—Estaba trabajando —respondí, quitándome l