Punto de vista de Anya
Se detuvo frente a una alta puerta de madera maciza —madera de verdad, pesada, de esas que amortiguan el sonido y prometen privacidad quieras o no—. Pasó la tarjeta con un movimiento experto. Se oyó un clic suave. Definitivo. Demasiado definitivo. Luego empujó la puerta y se hizo a un lado, señalando hacia dentro como si fuera lo más normal del mundo.
—Después de ti —dijo.
Su voz había vuelto a ser neutral. Educada. Controlada. Como si el ascensor —su cercanía, el calor,