CAPÍTULO 49 

Punto de vista de Anya

Estaba sentado en uno de los sillones, relajado, con un brazo apoyado en el reposabrazos y el teléfono en la mano. Se veía cómodo, como si perteneciera a cada habitación en la que entrara. Cuando me oyó entrar, levantó la vista. Sus ojos no se apresuraron. Recorrieron despacio —desde mi pelo, bajando por el vestido, hasta los tacones— y luego volvieron a mi rostro.

Aquella mirada me retorció el estómago.

No era obvia ni grosera. Era concentrada. Afilada. Como si estuviera
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