Punto de vista de Anya
Estaba sentado en uno de los sillones, relajado, con un brazo apoyado en el reposabrazos y el teléfono en la mano. Se veía cómodo, como si perteneciera a cada habitación en la que entrara. Cuando me oyó entrar, levantó la vista. Sus ojos no se apresuraron. Recorrieron despacio —desde mi pelo, bajando por el vestido, hasta los tacones— y luego volvieron a mi rostro.
Aquella mirada me retorció el estómago.
No era obvia ni grosera. Era concentrada. Afilada. Como si estuviera