Danilo
Él se quedó un buen rato frente a la puerta de la casa de Angie, como si la madera tuviera espinas invisibles que le impidieran golpear. El sudor le corría por la frente, no por calor, sino por repudio. “¿De verdad voy a entrar aquí? ¿A esta cueva de pobres?”, pensó, con ese aire de superioridad que lo acompañaba incluso cuando estaba derrotado. Pero no tenía a dónde más ir; de seguro la policía lo estaría buscando por todas partes. Así que tomó aire, cerró los ojos, levantó la mano y gol