Rodrigo Ivanov permanecía inmóvil frente al consultorio de obstetricia.
Entre sus manos sostenía la fotografía del ultrasonido del bebé. La observaba como si el mundo entero hubiera desaparecido.
Su hijo.
Aquel pequeño perfil, aquella diminuta nariz y aquellas manos apenas formadas habían logrado lo que ningún consejo de administración, ninguna negociación internacional y ningún contrato multimillonario habían conseguido jamás.
Conmover al hombre más poderoso de Rusia hasta la médula.
Kat