Los antojos de Katherina.
La mansión Ivanov estaba completamente silenciosa aquella noche.
Afuera, la nieve caía con intensidad sobre la ciudad. El viento golpeaba los ventanales y las temperaturas habían descendido considerablemente.
En su habitación, la calefacción estaba encendida y el pequeño Eliester, estaba durmiendo bien abrigado.
Le había dado bastante lata a su padre porque quería que lo siguiera arrullando y no se dormía. Hasta que por fin el sueño lo venció, y Rodrigo acostó a su hijo en su cuna.
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