La puerta trasera

El baño de la aeronave era un espacio reducido de acero inoxidable y espejos pulidos. Valentina echó el cerrojo, apoyó ambas manos sobre el borde del lavabo y miró su reflejo.

La mujer que la miraba desde el espejo tenía la palidez de un cadáver, pero sus ojos marrones despedían un destello oscuro y desconocido. Tocó su rostro con la punta de los dedos. ¿Esa era Valentina Ferrer? ¿La gran empresaria? ¿O era simplemente la tonta que había financiado la vida de sus traidores durante una década?

Un sollozo sordo pugnó por salir de su garganta, pero Valentina se cubrió la boca con la mano y apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Se negó a quebrarse ahí dentro. No les regalaría ni un solo segundo de su colapso emocional.

Abril el grifo, se lavó la cara con agua helada y se secó meticulosamente con una toalla de papel. Luego, sacó su lápiz labial tono carmín de la cartera y se pintó los labios con trazos firmes y precisos. Ajustó su peinado, se puso sus gafas de sol de marco oscuro y respiró profundo.

El avión tocó pista con un ligero impacto de las ruedas sobre el asfalto. Valentina esperó pacientemente a que la nave frenara por completo y se desplazara hacia la terminal ejecutiva.

A través del pequeño pestillo de la puerta del baño, escuchó la voz de Nicolás llamándola con timidez:

—Valentina... ya aterrizamos. Las maletas ya están listas.

Ella no respondió. Mantuvo la puerta cerrada hasta que sintió que el avión se detuvo definitivamente y los motores se apagaron. Escuchó el sonido metálico de la puerta principal abriéndose y el movimiento del personal de tierra.

Esperó dos minutos exactos. Cuando escuchó a Nicolás alejarse unos metros por el pasillo hacia la salida para buscar al chofer, Valentina abrió la puerta del baño.

Salió a la cabina con su bolso personal colgado del hombro. Vio la maleta de Nicolás abandonada junto al asiento y pasó de largo sin mirarla. Bajó por la escalinilla privada del avión a paso rápido, esquivando la zona VIP del aeropuerto donde sabía perfectamente que la estarían esperando los autos de la empresa y, muy probablemente, una llamada de Adrián preguntando a qué hora llegaría a la mansión.

Caminó hacia la zona de desembarque general, mezclándose entre la multitud de pasajeros que caminaban apresurados con sus maletas.

Su teléfono celular comenzó a vibrar rítmicamente en su mano. La pantalla mostraba la foto de Adrián con el texto: «Esposo llamando...»

Valentina miró la pantalla durante unos segundos. El nombre «Esposo» le pareció la broma más grotesca y cruel del mundo. Deslizó el dedo por la pantalla y apagó el teléfono por completo.

Caminó a través de la terminal hasta la salida lateral de los taxis públicos. El aire fresco de la ciudad le golpeó el rostro al salir a la calle. Hizo una señal al primer taxi amarillo que vio aproximarse.

El vehículo se detuvo junto a la acera. El chofer, un hombre mayor con gorra, bajó la ventanilla.

—¿A dónde la llevo, señorita?

Valentina dudó un segundo. ¿A dónde ir cuando la casa a la que llamabas hogar pertenecía a un hombre que nunca fue tu marido? ¿A dónde ir cuando tu familia entera era una red de cómplices?

—Al Hotel Grand Royale, en el centro —respondió Valentina con voz firme mientras abría la puerta trasera y subía al automóvil.

El taxi se incorporó al tráfico pesado de la avenida principal. Valentina miró por la ventanilla trasera y vio a lo lejos a Nicolás saliendo apresuradamente de la terminal ejecutiva, mirando desorientado a todas partes mientras buscaba desesperadamente con la mirada a su hermana.

Ella no sintió pena. Una barrera transparente pero indestructible acababa de levantarse entre ella y todos los que llevaban el apellido Ferrer.

Sacó una pequeña libreta de piel de su bolso junto con un teléfono celular secundario, con una tarjeta prepagada que guardaba exclusivamente para emergencias comerciales. Marcó de memoria un número que no utilizaba desde hacía meses.

Al tercer tono, una voz masculina, sobria y profesional contestó al otro lado de la línea:

—¿Sí?

—Santiago, soy Valentina —dijo ella, apoyando la cabeza contra el cristal de la ventanilla del taxi.

Hubo una breve pausa al otro lado de la línea. Santiago era su abogado personal y contador patrimonial, la única persona fuera del círculo familiar que manejaba la estructura legal y financiera de su firma de joyas.

—Valentina, qué sorpresa. Pensé que estabas en el vuelo de regreso con tu hermano. Adrián me llamó hace media hora para pedirme unos balances...

—Escúchame con mucha atención, Santiago —lo interrumpió Valentina con un tono de voz que hizo que el abogado guardara silencio de inmediato—. Necesito que te prepares para la reestructuración completa de mi patrimonio personal y de la firma de joyería. Congela inmediatamente todos los fondos de las cuentas bancarias secundarias a las que mi familia tiene acceso y cancela los poderes notariales de Adrián Velasco. Mañana a primera hora te quiero en mi suite del Grand Royale. Es hora de empezar.

Valentina presionó la tecla de finalización de llamada.

El taxi continuó su marcha hacia el centro de la ciudad, perdiéndose entre las luces de la noche. La historia que la había definido durante diez años terminaba esa noche; su nueva vida acababa de comenzar.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App