Louisa se sentó junto a Roman en el almuerzo benéfico. Había elegido el asiento a propósito. La silla rechinó apenas en el piso mientras la acercaba. Puso su pequeño bolso sobre la mesa y se dio vuelta para encararlo directamente. El mantel blanco rozó su falda. Un vaso de agua a medio terminar quedó entre los dos.
Roman la miró de reojo. No supo quién era durante treinta segundos. Vio a una mujer mayor de ojos firmes y rostro tranquilo. Su postura era recta. Sus manos descansaban en el regazo.