El pomo volvió a traquetear, un giro brusco que hizo que se me encogiera el corazón en el pecho. La mano de Miguel se apretó con más fuerza sobre mi boca, su verga todavía enterrada profundamente dentro de mí, crispándose por la necesidad de moverse. Podía sentir cada centímetro de él pulsando contra mis paredes, el calor resbaladizo de nuestra conexión haciendo que fuera imposible pensar con claridad.
Sus ojos se clavaron en los míos, oscuros y feroces, una orden silenciosa... "quédate quieta"