La fuerza de su succión estaba arrancando mi alma directamente de mí. La velocidad meticulosa de su lengua era un arma, Desman tela do mi control, pieza por insoportable pieza.
Mis caderas trabajaban furiosamente, saltando para encontrar su boca, desesperadas por más presión, más velocidad, más de todo.
—¡Ah! ¡Oh Dios, Diego, sí! —grité, el sonido resonando vergonzosamente en los techos altos de su enorme loft.
—¡Más rápido, eres tan bueno! ¡Slurp! ¡No pares, nnnngh!
Sus manos, aún apretando mi