No pronuncié ni un solo sonido más. Él tampoco.
El aire en la habitación estaba tan cargado con el olor de mi perfume, su sudor y el aroma primario de una lujuria pura y sin adulterar que me sentí mareada. El silencio era como el latido de un tambor, mi propio corazón martilleando un ritmo caótico contra mis costillas.
Estaba frente a él, desnuda excepto por el diminuto trozo de encaje rojo, con los brazos colgando relajados a los lados, y toda mi postura gritando desafío. Mis ojos estaban clav