Salvador se quedó mirando el móvil, imaginando la escena en la que Flavio se moría de ganas de llamarle para interrogarle después de ver la foto, cuanto más pensaba en ello, mejor se le ponía el ánimo, y unas sonrisas sinceras se dibujaron en su rostro.
Sin embargo, el mensaje pareció hundirse como una piedra en el mar, sin levantar la menor onda.
Miró fríamente a Cecilia, que tenía cara de sorpresa en la foto, y le pasó suavemente el dedo por el cuello: —Qué fastidio.
Levantado y la mandíbula,