Héctor sabía lo que Cecilia veía, pero ni siquiera se levantó la vista. —Estoy bien, es una pequeña herida, puedo recuperarme en dos días.
—La gasa que te envuelve el pecho está empapada de sangre, ¿y me dices que tienes una pequeña herida?
Cecilia quiso levantar la delgada colcha de Héctor, acababa de tocarla, fue detenida por la mano del hombre, dijo algo impotente: —No seas tan impulsiva, en caso de que no tenga pantalones puestos...
Héctor tenía la palma caliente, que no era para nada una te