Início / Romance / Déjame ir SR Miller / Capítulo 1: La Máscara del Pecado
Déjame ir SR Miller
Déjame ir SR Miller
Por: L. Alejandra
Capítulo 1: La Máscara del Pecado

 

El bajo de la música resonaba directamente contra mis costillas, retumbando al mismo ritmo acelerado que mis propias venas. Mi pecho subía y bajaba mientras sostenía una copa de cristal casi vacía, sintiendo el ardor del alcohol mezclarse con el vértigo de una fecha que pesaba demasiado: dieciocho. Oficialmente adulta, supuestamente libre, pero atrapada en la sofocante atmósfera de una fiesta donde cada invitado parecía buscar aplausos y sonrisas ensayadas. Papá se había asegurado de montar un evento impecable, una fachada perfecta para la alta sociedad. Y yo, la princesa de la noche, solo quería escapar.

Me deslicé entre los costosos trajes y los vestidos de diseñador buscando aire fresco, arrastrando los pies hacia el ala más oscura y apartada del jardín. El contraste entre el bullicio ensordecedor del salón principal y la quietud nocturna de los arbustos iluminados por luces tenues fue un bálsamo inmediato. Apoyé la espalda contra una columna de mármol frío, cerrando los ojos un instante para intentar calmar el zumbido en mi cabeza. El mundo exterior ya no existía; la medianoche había cruzado la línea y yo ya no era una niña, aunque el miedo a lo desconocido me pesara en los hombros.

—No creo que este sea el mejor lugar para esconderse de tu propia fiesta, cumpleañera.

La voz brotó de la penumbra, baja, áspera y cargada de una vibración magnética que me recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica. Abrí los ojos de golpe. A pocos pasos de mí, apoyado contra la balaustrada de piedra, había un hombre alto, imponente, envuelto en la semi-oscuridad. Un traje oscuro impecable que parecía esculpido a su medida y, sobre su rostro, una máscara veneciana de terciopelo negro que cubría sus facciones, dejando libres únicamente unos labios perfectamente dibujados y unos ojos indescifrables que me devoraban con una intensidad feroz.

Mi garganta se secó al instante. No recordaba haberlo visto en la lista de invitados de papá. Nadie en esa casa poseía esa aura de peligro y magnetismo absoluto.

—Yo no me estoy escondiendo —mentí, sintiendo que mi voz temblaba ligeramente a pesar de mi esfuerzo por sonar firme—. Solo tomaba un respiro del teatro de afuera.

Él soltó una risa baja, un sonido oscuro que hizo que mi pulso se disparara de inmediato. Se despegó de la columna y comenzó a acortar la distancia entre nosotros con una calma depredadora. Cada paso suyo era un golpe de gravedad que me anclaba más al suelo. Retrocedí por instinto hasta que mi espalda volvió a chocar contra el mármol, sin escapatoria.

—¿Teatro? —murmuró, deteniéndose a solo centímetros de mí. Su perfume, una mezcla embriagadora de madera de cedro, tabaco y lluvia, invadió cada rincón de mi aire—. Entonces supongo que esta es la parte de la obra donde las reglas dejan de importar.

Antes de que pudiera formular una sola palabra de defensa, su mano fuerte y cálida se deslizó con seguridad por la línea de mi cintura, atrayéndome hacia su cuerpo de golpe. El impacto me robó el último rastro de aliento. Mis manos, por puro reflejo, se apoyaron firmemente sobre su pecho, sintiendo los latidos firmes y acelerados bajo la tela de su camisa. No era un extraño cualquiera; había una urgencia contenida en su postura, un fuego que amenazaba con devorarnos a ambos.

—No deberías estar aquí —susurré en un hilo de voz, aunque mis labios no hacían el amparo de apartarlo.

—Tampoco tú deberías ser tan hermosa, y sin embargo, aquí estamos —replicó él justo antes de atrapar mi boca con la suya.

El beso no fue una caricia educada ni una presentación social. Fue una colisión desatada, un arrebato de necesidad pura que incendió toda la confusión de mis dieciocho años. Sus labios se movieron sobre los míos con una autoridad avasallante que me hizo perder el equilibrio. Solté la copa de cristal; el eco sordo del impacto contra el suelo se perdió por completo cuando sus manos se enredaron en mi cabello castaño, profundizando el contacto hasta arrancar un suspiro tembloroso de mi garganta. En esa burbuja oscura, sin nombres, sin rostros y sin pasado, me entregué al vértigo de una noche que prometía romperme todas las certezas.

Las horas siguientes se desdibujaron entre sábanas revueltas, susurros al oído que el alcohol y la adrenalina se encargaron de emborronar, y un calor compartido que desafiaba cualquier lógica.

Cuando los primeros rayos de sol pálido comenzaron a filtrarse a través de las cortinas de seda, abrí los pesados párpados. Mis músculos dolían de la mejor manera posible, y un rastro de paz inusual se instaló en mi pecho. Giré la cabeza sobre la almohada, buscando el cuerpo cálido del hombre que me había robado el aliento y la cordura en la oscuridad.

El lado de la cama estaba completamente vacío. Y frío.

Me incorporé de golpe, mareada, aferrando la sábana a mi pecho. La habitación estaba en absoluto silencio. Sobre la mesita de noche, ni una nota, ni una explicación, ni un rastro de su identidad. Solo el eco vacío de una presencia que se había esfumado con el amanecer, dejándome flotando en un vacío aterrador.

Aquella ausencia no solo me arrebató el calor de la noche; selló mi corazón bajo una cerradura invisible, convenciéndome de que volver a confiar en un hombre sería el mayor de los errores.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
capítulo anteriorpróximo capítulo
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App