Mundo ficciónIniciar sesiónLas luces de la sala estaban apagadas, sumiéndonos en una perfecta oscuridad cinematográfica. Me sentía un poco patética, acurrucada en el inmenso sofá de Kyler, llorando a mares por una película de superhéroes. Él, con un gesto divertido, me acercó la caja de pañuelos desde la mesita de madera.
—Pero no llores, Mía —me consoló, pasando un brazo sobre mis hombros con un tono tranquilo y paciente.
—Es que es muy triste todo esto —balbuceé, con la cara empapada y la voz congestionada.
—Pero si es una película de The Avengers —replicó él, delineando mi mejilla con el pulgar, mostrando esa clásica mezcla de fascinación y exasperación que tienen los hombres ante el llanto femenino.
—¿Es que no ves que murieron Iron Man y la Viuda Negra? —Intenté calmarme, pero el pecho me dio un vuelco—. Es... muy duro. Merecían un final feliz.
Kyler soltó una carcajada fuerte que me obligó a lanzarle el cojín que tenía entre las manos.
—¡No me maltrates! —se defendió, atrapando el cojín mientras me observaba sollozar—. Solo me dio risa. Es ficción, Mía.
—Yo soy sincera con lo que siento. ¿Cómo es posible que los mataran?
Él guardó silencio, mirándome detenidamente. Con suavidad, usó la yema de su pulgar para limpiar el rastro de las lágrimas en mi mejilla. El contacto fue sutil, extrañamente tierno.
—Terminemos de ver la película —propuso en un susurro.
Asentí. Me reacomodé en el sofá y dejé que me rodeara con su brazo. Apoyé mi cabeza en su hombro; esa inesperada cercanía me brindó una tranquilidad que no había sentido en años, como si su presencia fuera un refugio en mitad de mi caos emocional. Cuando los créditos comenzaron a pasar y las segundas cotufas —las que afortunadamente no se quemaron— se acabaron, el llanto me regresó con más fuerza. Kyler me miró con una sonrisa resignada.
—¿Y ahora qué te dolió?
—¿No escuchaste que le dijo «Te amo tres mil»? —sollocé, haciéndole un puchero—. Además, ¿quién va a cuidar a la pequeña hija de Tony Stark?
—Su madre, supongo. Y creo que le heredaron los miles de millones suficientes para eso —bromeó. Al ver mi expresión, suavizó la voz—: Pero para que te quedes más tranquila, imagínate que tendrá a Spider-Man a su lado como un hermano mayor.
Sonreí, un poco más calmada. Sin embargo, al bajar la vista hacia el reloj de pulsera de Kyler, la hora me devolvió de golpe a la realidad.
—Ya debo irme.
—¿Tan rápido? —se reacomodó en el sofá, reteniendo sutilmente mi mano.
—Son las ocho de la noche, Kyler. Pasamos todo el día encerrados viendo películas —le señalé la pantalla.
—Está bien, pero cena conmigo primero —me invitó, utilizando un tono dulce que me resultó imposible de rechazar.
Me giré sobre el sofá para quedar frente a él, mirándolo fijamente. Había una pregunta que me rondaba la cabeza desde la mañana y que ya no podía seguir guardándome.
—¿Por qué haces esto?
—¿A qué te referieres? —preguntó, arqueando una ceja con extrañeza, como si no comprendiera el peso de mis palabras.
Suspiré, buscando las palabras adecuadas.
—Apenas nos conocemos desde hace veinticuatro horas. Me fuiste a buscar a un hospital público, has compartido todo el día conmigo y toleraste mis lágrimas por una película de Marvel. No sabes nada de mí, Kyler. Es... extraño.
Él sostuvo mi mano con firmeza y volvió a acariciar mi mejilla. La seriedad regresó a sus ojos oscuros, despojándose de cualquier rastro de burla.
—Me siento seguro a tu lado, Mía. Hay algo en ti que me atrae, y no lo digo de una forma superficial. No lo sé... creo que en esta casa tan grande, rodeado de tanto dinero y tanta fama, me siento exactamente igual de solo que tú. Necesito una amiga.
—Está bien —sonreí, sintiendo cómo se liberaba un nudo opresivo en mi pecho—. Creo que yo también necesito un amigo.
—Bueno, uno más para tu lista —ironizó, recuperando su tono audaz.
Negué con la cabeza, divirtiéndome con sus celos ficticios.
—El primero, en realidad.
—Entonces ya tienes uno. Puedes contar conmigo, Mía —su tono sonó tan genuino y honesto que me desarmó por completo.
En ese momento decidí que no tenía por qué preocuparme por las advertencias de mi padre. Él siempre me había repetido que la gente se acercaba a mí solo para obtener una tajada de su influencia. Pero Kyler... Kyler era diferente. Él había luchado por su propio puesto, levantando su imperio hotelero desde cero. Sentía que se estaba ganando mi confianza por quien yo era, no por ser la hija de Julián Stiller.
Me convencí de que Kyler Miller era una buena persona, un hombre de sentimientos nobles. Tenerlo en mi vida sería un regalo. Aunque, muy en el fondo, sabía que había demasiados secretos que él debía descubrir sobre mí... realidades de mi vida que, tal vez, terminarían por alejarlo.
Para la cena terminamos pidiendo comida a domicilio.
—No puedo creer que de la lista de restaurantes exclusivos que te mencioné —dijo Kyler, sonriendo con incredulidad al ver las bolsas de papel sobre la mesa—, hayas elegido una hamburguesa de un puesto local.
—¡Oye! Dijiste que podía pedir lo que quisiera —tomé mi hamburguesa y le di un gran mordisco sin ninguna elegancia.
—No estoy muy acostumbrado a la comida rápida, Mía —admitió, sosteniendo la suya con una cautela casi cómica.
—Vamos, pruébala, no te voy a envenenar —le aseguré, observándolo morder el pan—. ¿Y bien? ¿Qué te parece? —pregunté, sosteniéndole una mirada intensa.
—No está mal —concedió tras masticar—. Es curiosamente reconfortante.
Sonreí, limpiándome la comisura de los labios. La verdad era que pasar el tiempo a su lado era la experiencia más reconfortante que había tenido en años.
Kyler me acompañó en su auto de regreso a la mansión. Se bajó y se apoyó contra la carrocería negra, creando un contraste imponente con el césped inmaculado de mi jardín.
—¿Nos veremos mañana? —preguntó antes de que me diera la vuelta.
Asentí con una sonrisa y caminé hacia la entrada. Sin embargo, en cuanto crucé el umbral del recibidor, la burbuja de paz se reventó.
—¡Tienen que encontrarla ahora mismo! —escuché la voz estridente y alterada de mi padre, dándole órdenes urgentes a su jefe de seguridad.
—¿A quién van a buscar, papá? —pregunté, dando un paso al frente.
Él se giró bruscamente al oír mi voz. Al verme, caminó hacia mí y me abrazó con una fuerza casi asfixiante, atrapándome contra su pecho.
—¿Qué pasa? —alcancé a articular.
—¡A ti, Mía! No te presentaste en la universidad, no pudimos localizarte por ningún lado y ahora... —su voz se quebró por un instante, perdiendo su habitual firmeza política—. No te has colocado tu tratamiento hoy.
—Papá... —susurré, sintiendo una oleada de culpa.
—¡Déjenme a solas con mi hija ahora mismo! —ordenó Julián a los guardaespaldas, quienes se retiraron de inmediato.
Mi madre, con su elegancia innata pero con el rostro visiblemente marcado por la angustia, se acercó a nosotros.
—Mía, tu padre tiene razón. No puedes desaparecer así como si nada, sin dejar el menor rastro —su voz se suavizó, tornándose casi en una súplica—. Hay demasiadas personas malas en este mundo que querrían hacernos daño a través de ti. Además... nos prometiste que cuidarías de ti misma. Tu tratamiento es vital, debes entenderlo de una vez.
—Lo sé, mamá. Papá... me cuidaré más, lo prometo.
Les di un beso en la mejilla a ambos para tranquilizarlos y me dirigí hacia las escaleras rumbo a mi habitación. A su manera, mis padres siempre habían intentado protegerme. Mi madre, la célebre diseñadora y exmodelo, se había casado con mi padre debido a un embarazo inesperado; aunque ellos nunca me lo dijeron directamente, mi abuela se había encargado de revelarme la historia. Y mi padre, a pesar de su fría ambición política, siempre había tenido el ideal de ayudar. Desde que caí enferma, él se había desvivido haciendo mil cosas imposibles solo para cumplir mis deseos y verme sonreír.
Al entrar a mi cuarto, cerré la puerta y me desplomé en la cama, contemplando el frío techo minimalista.
—Ay, Mía... —murmuré para mí misma.
Alargué el brazo y tomé de la almohada a mi peluche del Pato Donald, abrazándolo contra mi pecho.
—Donald... ¿cómo es posible que, aun sabiendo que mis padres me quieren, sienta este vacío tan grande dentro de mí? Y justo cuando me siento más sola, aparece él. Es una completa locura, ¿no?
Me reí de mi propio dramatismo. Me acomodé bajo las cobijas, sintiendo un dolor sordo y familiar extendiéndose por mis músculos; el recordatorio físico de que el día de mañana sería largo y desgastante. Sin embargo, antes de cerrar los ojos, me aferré al recuerdo del abrazo protector de mi padre, a la genuina preocupación de mi madre y, sobre todo, a la enigmática sonrisa de Kyler, mi nuevo amigo.







