94. Gracias por ser mi dulce pecado
Juls
Oh por Dios, no sé cómo no me imaginé que él podría terminar haciendo algo como esto, con lo mucho que le gusta darme sorpresas.
Siento la emoción bullir en mi interior mientras me dejo guiar por su mano que lleva la mía, hasta que finalmente nos detenemos frente a unas grandes puertas de madera color caoba.
Malcom me da una mirada divertida y me sonríe haciendo que yo, inevitablemente, también lo haga, porque su sonrisa es contagiosa.
—¿Estás lista?
—Nunca se que esperar de tus sorpresa