Soledad entró a la biblioteca de Leo como dueña y señora de todo el lugar.
—Que pena Leo, pero de aquí no me voy sin hablar contigo —dijo Soledad, mientras Leo giraba su silla para quedar de frente a Maya.
—¡Largo! Dije que no quiero ver a nadie —dijo una vez más, estaba ebrio que era como escucharlo balbucear.
—Ya te dije, no me pienso ir, así que me vas a escuchar. —Soledad camino hacia donde estaba Leo, tomó una silla y la colocó justo al frente de él, quería que él la viera justo a los ojos