Inmenso dolor

Las manos de Lucas temblaban y más al ver la cara de pocos amigos de Leo, quien miraba hacia todos lados para ver con quién estaba Lucas, solo que no había nadie, pues Soledad se había escondido justo debajo de su escritorio.

—Leo, que milagro que vengas a la empresa, creí que te habías convertido en un ermitaño —dijo Lucas con bastante sarcasmo.

—Esta es mi empresa y no creo que deba pedirte permiso, necesito todos los balances de las últimas inversiones, y las quiero en una hora en mi oficina
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