No había nada en mis manos ni en el único pie descubierto por la sábana, que volví a cubrir. Rodeé la cama y toqué el sedoso cabello que descansaba sobre la almohada. Y entonces me encontré con otra cicatriz, en la nuca, rojiza, de unos diez centímetros de diámetro. Era una quemadura. Y no sabría decir si le bajaba por la espalda o sólo por esa zona.
Di un paso atrás, estupefacto.
No necesitas marcarla, Gabe. Ya tiene suficientes cicatrices. Sólo necesitas su alma. Y por lo que parece, eso va a