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El domingo, después del almuerzo en mi casa, fui con Luciano a su casa, a tomar el sol en la piscina. Me encantaba nadar, pero como él no lo hacía en absoluto por su pierna, no me sentía cómodo nadando solo. Terminé siguiéndolo solo mirando el agua, excepto por el tiempo que fuimos al lago. Allí era imposible sólo observar.

Tomamos bebidas sin alcohol, ya que creo que tenía miedo de repetir la situación del viernes. Estábamos hablando de cosas sin importancia cuando Luciano me ofreció la mano.
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