42. La Ira del Jefe
Trago duro, lo avisto en su silla, escribiendo en su respectiva portátil o si no disca en la Mac; a medida que avanzo el peso del pavor me come, murmuro suplicas al cielo, ya cuando dirige sus ojos a mí, soy un flan andante.
No creo tener la celestial ayuda que imploro.
—Jefe...
—¿Qué? —quita las manos del teclado, y me mira.
—Tengo que decirle algo.
—Habla ahora o calla, no dispongo de mucho tiempo. ¿Me has traído las copias?
—A eso voy —me acerco a su irascible ser, no quiero verlo irac