Iván estaba observando a los demás instructores su enseñanza, miraba uno a uno a los aprendices, cuando algo no le gustaba intervenía y eso era lo que más temían, pues sus arrebatos a veces llegaban a tal grado que mataba a alguno que se atreviera a responderle o se equivocaba cuando les pedía que le demostraran sus adelantos
Ya habían pasado casi dos horas cuando en su revisión última uno de los aprendices ya estaba harto de los insultos de Iván y se atrevió a desafiarlo
—Maldita sea, señor, de