Mundo ficciónIniciar sesión~Rowan~
El médico de cabecera, un hombre canoso que había atendido a la familia desde antes de mi nacimiento, terminó de revisar al abuelo mientras yo esperaba de pie, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. El silencio en la habitación solo se rompía por el pitido rítmico del tensiómetro. —Fue un pico de presión severo, Rowan —explicó el doctor mientras guardaba su estetoscopio—. Tu abuelo ya no es un roble. Su corazón está cansado y no puede permitirse estas emociones fuertes. Cualquier altercado, cualquier disgusto podría ser devastador. Asentí con pesadez, sintiendo una mezcla de culpa y rabia. El doctor me dio un par de indicaciones sobre la medicación y salió de la habitación, dejándome a solas con el hombre que sostenía los hilos de mi destino. Mi abuelo abrió los ojos lentamente. Se veía frágil, pero en su mirada aún brillaba esa chispa de terquedad que tanto nos unía y nos separaba. —¿Viniste a ver si ya podías heredar? —susurró con voz ronca, intentando forzar una sonrisa. —No digas estupideces —respondí, acercándome a la orilla de su cama—. Casi nos matas del susto a todos. Incluyendo a tu... protegida. Él suspiró y desvió la mirada hacia la ventana. Aproveché ese momento de debilidad para soltar lo que había decidido. —Acepto, abuelo —solté. Él volvió a mirarme, sorprendido—. Me casaré con ella. Firmaré ese maldito contrato de un año. El rostro de Walter se iluminó de una manera que me revolvió el estómago. Intentó incorporarse, pero lo detuve con un gesto. —Pero escucha bien —continué con voz gélida—. Debes cumplir tu palabra. Al pasar los doce meses, si no hay amor —y te aseguro que no lo habrá—, me darás el divorcio y el control total de la empresa sin más condiciones. No habrá más trampas, ni más chantajes, ¿Entendido? —Tienes mi palabra, Rowan —respondió él, y por primera vez en años, lo vi realmente satisfecho—. Has tomado la decisión correcta. Esa muchacha es justo lo que esta familia necesita, aunque seas demasiado ciego para verlo ahora. —Lo dudo mucho —mascullé mientras me daba la vuelta—. Ahora descansa. Mañana mismo arreglaremos los papeles con los abogados. Salí de la habitación sin mirar atrás. Había ganado un año de tregua para mi abuelo, pero acababa de condenarme a vivir en el infierno con la lavandera. *** A la mañana siguiente, el aire en el despacho del abuelo se sentía tan denso que me costaba respirar. Él estaba sentado tras su escritorio y se veía más estable pero con esa mirada de triunfo que empezaba a ponerme de los nervios. Frente a él estaba el abogado de la familia con un fajo de documentos, y a un costado, Ivette. Hoy no llevaba su uniforme de faena. Vestía un sencillo vestido rosado con un estampado de flores pequeñas que, aunque la hacía ver menos "desarrapada", no lograba ocultar su actitud defensiva. Me miraba con un desprecio tan evidente que era casi tangible; yo le devolví la mirada con la misma intensidad, recorriendo con sarcasmo su atuendo antes de sentarme. —Bien —dijo el abogado, extendiendo los papeles sobre la mesa—. Como saben, este contrato vincula a ambas partes por un periodo de doce meses. Las cláusulas de confidencialidad y manutención están detalladas en las páginas tres y cuatro. —No necesito un sermón legal —lo interrumpí, tomando la pluma con impaciencia—. Solo quiero terminar con esta tontería. Sin molestarme en revisar una sola línea, estampé mi firma con trazos violentos en cada una de las hojas que me señalaron. Ivette, tras un momento de duda y con un suspiro lleno de resignación, hizo lo mismo. El abogado tomó los documentos, los ordenó y carraspeó antes de leer el último apartado para el registro. —Perfecto. Con las firmas estampadas, queda validado el compromiso de convivencia y, por supuesto, la cláusula de descendencia que estipula que el matrimonio deberá concebir un hijo antes de cumplirse el año para asegurar la línea sucesoria del... —Espera —lo detuve en seco, sintiendo un escalofrío—. ¿De qué demonios hablas? ¿Qué hijo? El abogado parpadeó, confundido, y miró a mi abuelo. —Señor Rowan, la cláusula 8.2 lo deja muy claro. Un año de matrimonio con el objetivo de formar una familia real, cuyo primer hijo será el heredero universal de los bienes de la rama principal de la empresa. Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. Volteé a ver a mi abuelo, quien me mantenía la mirada con una calma exasperante. —Te dije que quería una familia, Rowan —dijo pausadamente—. Un contrato de un año sin un hijo es solo un trámite. Un heredero es lo que garantiza que este legado no se pierda. —¡Ni loca! —chilló Ivette, poniéndose de pie de un salto, con el rostro rojo por la cólera—. ¡Usted no me dijo nada de eso, patrón! ¡Yo acepté casarme, no ser una incubadora para su nieto malcriado! —¡Yo no voy a tener un hijo con esta mujer! —exploté, golpeando el escritorio—. ¡Es una locura! ¡Cancela eso ahora mismo! —Es tarde —sentenció el abogado, guardando los documentos en su maletín—. Ambos han firmado y las copias ya están digitalizadas. El contrato es legalmente vinculante desde este preciso instante. —¡Abuelo! —lo miré. —Señor Walter...—la voz de Ivette tembló—. Cuando hablamos no me mencionó nada de tener un hijo, ¿Qué significa esto? ¡Es un engaño! —No lo es. ¿De qué me sirve que convivan un año si no habrá fruto de esa unión? —increpó serio—. Yo necesito un heredero para mi legado, de no ser por eso no estaría perdiendo mi tiempo haciendo todo esto. —¡Debiste mencionarlo antes! —cuestioné—. No pienso tocar a esta mujer. —Tú decides, Rowan. Ustedes son los que debieron leer bien lo que firmaban. Lo que se ha estipulado, así será. Miré a Ivette y ella me miró a mí. En ese vestido rosado de flores que hace unos minutos me parecía ridículo, ahora veía a mi mayor pesadilla. Había firmado mi propia sentencia de muerte por pura arrogancia.






