Los postres quedaron alineados frente al panel de jueces. Todos los chefs estábamos de pie detrás de nuestras creaciones, con las manos entrelazadas o escondidas detrás del mandil, intentando aparentar calma.
Yo sentía un pulso firme en la garganta.
El primer juez, el hombre de cabello canoso y mirada analítica, tomó mi plato. La cámara hizo un acercamiento directo; podía ver en la pantalla gigante cómo el glaseado capturaba la luz, brillante, suave, sin una sola burbuja.
Respiré hondo.
Él cortó