VEINTIOCHO
Los postres quedaron alineados frente al panel de jueces. Todos los chefs estábamos de pie detrás de nuestras creaciones, con las manos entrelazadas o escondidas detrás del mandil, intentando aparentar calma.

Yo sentía un pulso firme en la garganta.

El primer juez, el hombre de cabello canoso y mirada analítica, tomó mi plato. La cámara hizo un acercamiento directo; podía ver en la pantalla gigante cómo el glaseado capturaba la luz, brillante, suave, sin una sola burbuja.

Respiré hondo.

Él cortó
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