El miércoles de la segunda semana de abril, Renata fue a Victoria.
No con el equipo. Sola, en el ferry de las siete de la mañana desde Tsawwassen, con el cuaderno de campo y la cámara y el medidor de fisuras en la mochila y el teléfono con los informes semanales de Thomas y Daniela que había leído en el trayecto mientras el Georgia Strait pasaba afuera de las ventanas con esa calidad de luz del Pacífico norte que era diferente a cualquier otro mar que conocía.
Elena se quedó con Adriano.
Era la