El viaje de regreso fue una pesadilla de silencio. Julian apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A su lado, Celeste era un desastre de rímel corrido, con los ojos fijos en su teléfono, aterrada de que el video de su caída se volviera viral.
Apenas entraron en la mansión, Julian se dio la vuelta, con el rostro como una máscara de furia fría.
—Me diste una bofetada —dijo él, con voz peligrosamente baja—. En público. Como una cualquiera.
—¡Me ignoraste! —gritó Celes