Mundo ficciónIniciar sesión[EVA]
Al cabo de tres horas llego a la casa y me sorprende no ver a Ben, el jardinero, en su lugar de trabajo, ni escuchar ruido dentro de la mansión, puesto que siempre hay alguien en la cocina o limpiando en la sala. Sin embargo, hoy todo está particularmente muy silencioso.
No pasa nada. Mejor, así puedo sacar mis cosas sin que nadie se de cuenta y se lo informe a Jared. No es como que a él le importe de todas formas. En dos años de matrimonio si salía de casa, me quedaba, enfermaba o por cuestiones de trabajo no venía a dormir, jamás se preocupó por preguntar por mí o como estaba. Ahora que lo pienso, me da un poco de tristeza como traté tanto tiempo de justificar su desprecio con cansancio o responsabilidad laboral.
Sacudo mi cabeza para apartar mis pensamientos y abro la puerta con cuidado. Tanto silencio es un poco abrumador. No obstante, me quedo paralizada en mi sitio al ver la figura masculina que está tirada en el sofá, con sus brazos sobre su pecho, sus piernas recogidas de forma incómoda y su entrecejo ligeramente fruncido. De vez en cuando mueve el pie de manera inquieta y traga saliva de forma pesada.
¿Qué hace él aquí? ¿Por qué no fue a trabajar? ¿Por qué no hay nadie en casa?
La cabeza me da vueltas y de nuevo me veo obligada a silenciar mis pensamientos cuando lo escucho gruñir del frío.
Estoy molesta, más bien decepcionada, pero no puedo dejarlo así, por lo que tomo una frazada del cuarto de ropa limpia y se la coloco encima, mas cuando me dispongo a apartarme, un apretón en mi mano me hace trastabillar.
—Lo si-siento, es que parecía que tenías frío y yo…—No termino de hablar. Me tira de nuevo hacia él hasta caer sobre su regazo.
¡Rayos!
Intento apartarme, pero él me detiene. Sus ojos están fijos en los míos. Paso saliva una y otra vez, sin poder controlar las mariposas alborotadas de mi estómago. Mis manos tiemblan apoyadas sobre su pecho duro. Mi respiración está agitada y siento que mi corazón está a nada de salir de mi pecho. Sus ojos me observan fijamente con un brillo único, estremecedor.
—No vuelvas a irte así —dice con voz ronca. Una voz tan gutural e imponente que me hiela la piel y hace que cada bello de mi cuerpo se erice.
Esto no está pasando… no es normal. Jared no es así.
Una vez más hago el intento de poner distancia, pero fracaso de forma estrepitosa.
—¿Estás ebrio? —hago un inútil intento por alejarme, pero me vuelve a atraer hacia su cuerpo, haciéndome caer de nuevo, de mil formas. Estamos tan cerca y por primera vez no lo siento tan lejos. Su aliento alimenta al mío gracias a la cercanía de nuestros labios y sin ser consciente, de forma automática cierro los ojos.
—Tú eres mía.
—Jared…
No puedo expresar la sensación que invade mi cuerpo. Es caliente, es un cosquilleo que va desde mi nuca hasta mi vientre y quema entre mis piernas.
Busca marcar mi cuello con sus besos, los cuales me han tomado por sorpresa. Me estremezco entre sus brazos, suspiro, respiro profundo, jadeo y aquello solo parece encender más la chispa de pasión repentina en mi futuro ex esposo.
Aunque admito que ahora ya no sé nada.
—No vuelvas a irte así —repite, pero esta vez solo asiento y permito que sus manos dibujen caricias sobre el lienzo de mi piel de manera incontrolable.
Me toma de los glúteos, se sienta sobre el sofá y me atrae de nuevo sobre él, con mis piernas abiertas sobre su regazo. El gancho de mi cabello desaparece, al igual que mi camiseta y los botones de su camisa.
Mi cuerpo arde, sus ojos brillan y sonríe al ver que me tiene a su Merced. Lo rodeo del cuello con mis brazos y para cuando vuelvo a ser consciente, la ropa ya ha desaparecido en su totalidad.
—Sé delicado —es todo lo que puedo gesticular y pedir, al momento de sentir su piel y mi piel a punto de ser una sola.
Jared ignora mis palabras y reclama mi virginidad de manera autoritaria y ansiosa.
Al inicio duele, pero luego la sensación va cambiando y termino pegada al pecho de mi esposo, jadeando en su oído, con mi respiración acelerada y nuestras caderas moviéndose en una misma sintonía.
No sé qué pasó, no tengo idea de cómo llegamos a esto. Solo sé que después de todo, lo seguía amando como el primer día y eso estaba mal.
Al momento de entrar en mi cuerpo la expresión fría que Jared solía mantener, por algún motivo cambió. Me miró de una forma que jamás lo había hecho, entre sorpresa y arrepentimiento. Estaba siendo el esposo que yo hubiese deseado que fuera estos dos años atrás. Sus caricias eran suaves, pero los recuerdos de estos dos años eran duros y eso era algo que no se podía borrar o solo ignorar. Estábamos en extremos diferentes en un abismo que él había cavado cada día de este triste matrimonio.
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Eran las tres de la tarde y mi cabeza no paraba de dar vueltas. A mí lado, aún sobre el sofá, un Jared bastante pensativo y sorprendido.
—Eras virgen —murmuró con voz tenue, apartando la sábana manchada de sangre hacia un ladito.
—Nunca tuvimos nada —respondí con cierto grado de timidez.
—Muchos me decían que tú…—se detuvo un instante y sacudió la cabeza, quitándole importancia. Me estaba asustando. Se estaba comportando extraño—. ¿Tienes hambre? ¿Qué te gustaría comer? ¿Has probado el fetuccini, o el filete con vino blanco?
Arrugué mi ceño y asentí con un movimiento de mi cabeza. Eran de los platillos que más me gustaban.
—Jared…
—Voy a preparar algo para comer —informó colocándose el pantalón, para luego dirigirse hacía la cocina. Al parecer le había dado libre a los empleados toda la semana.
No sabía si sentir miedo o solo incomodidad. Este era un Jared desconocido para mí. Bastaba con decir que por primera vez en la vida habíamos cruzado más de tres palabras, y luego, lo que hicimos, lo que sucedió. Todavía seguía sin poder creerlo. De no ser por mis nervios a flor de piel y por las sensaciones que recorrían mi cuerpo en cada lugar marcado por sus labios, hubiese creído que este era un sueño húmedo y seguía dormida en el cuarto de aquel hotel.
¿Habrá algo más detrás de esto? ¿Y si solo me estaba utilizando?
—Eva, ¿Puedes venir? —llamó desde la cocina, con su voz serena, algo muy raro cuando me hablaba a mí, y con una temible amabilidad.
Me coloqué lo primero que encontré. Su camisa de mangas largas, y me dirigí a la cocina.
No dije nada. Solo me senté en el taburete y lo observé en silencio, queriendo comprender lo que pasaba por su mente.
—¿Alguna vez has probado las tostadas con jalea de fresa y queso crema?
—Sí, es mi desayuno de casi todos los días —llevé de forma incómoda una mano a mi nuca—. No tienes que hacer esto…
Me miró serio, por lo que mejor aparte la mirada hacia una canasta de frutas que estaba a un costado.
Un “pip” me obligó a levantar la mirada. Un minuto después tenía frente a mí un platillo con dos tostadas con jalea y un vaso con zumo de naranja.
Jared se sentó en el taburete de enfrente con su comida, me indicó que comiera un poco y así lo hice, bajo su mirada inquisidora.
La verdad la comida estaba deliciosa, de no ser porque comencé a sentir que el aire me hacía falta y mi garganta de pronto se cerró. ¿Qué era lo que me estaba pasando? Lo entendí cuando bajé la mirada y noté un polvo café en medio de la jalea y el queso crema. ¡Era canela! Yo era alérgica a la canela en cualquiera de sus presentaciones.
Miré a Jared con debilidad y este al notar mi palidez se levantó de golpe de su silla y me tomó entre sus brazos, llevándome al sofá.
Solo pude escuchar a lo lejos que llamaba a alguien por teléfono, por lo poco que pude distinguir, creo que era el doctor Harris.
Después de eso, no recuerdo nada más.







