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Para sorpresa mía, Jared cruzó la puerta de mi cuarto un par de horas después de que yo lo hiciera. ¿No se suponía que se quedaría en el hotel? ¿Qué era más importante que sus negocios y pasar tiempo con Paulina?.
La verdad es que ya me daba lo mismo.
Me senté recta en el sofá, con mi mirada puesta en el anillo de bodas, en el preciso momento en el que sus ojos se conectaron con los míos. Pedía al cielo no titubear, pedía valor y sobre todo pedía que no doliera decirle “adiós”.
Era obvio que ya había visto el vestido en la basura y los sirvientes le habían contado mi pequeña hazaña. Aún así no parecía estar molesto. Se miraba un poco, solo un poquito apacible. En ese instante tuve un brote de valor. Los labios me temblaban, mas tenía que dejar claro todo esto.
—Ayer en el aeropuerto…—comencé. Sus ojos, que hasta ese momento miraban el anillo en mi mano, se clavaron en mis ojos—. Tú y Paulina…
—No te vayas por ahí —advirtió entre dientes, pero con un tono que podía congelar toda la habitación. Estaba claro que ni en broma o por accidente podría mencionar a Paulina en su presencia. Para él ella era intocable.
—Soy tú esposa.
—No, no te confundas —su mirada fría estaba clavada en la mía y la tensión era tal que cortaba hasta el aire entre nosotros—. Tú no eres más que un papel firmado para cumplir con la última voluntad de mi abuela. ¿De verdad crees que de ser un caso diferente me hubiera casado contigo? Eres un contrato que me vi forzado a firmar, porque jamás me habría casado contigo.
¡Auch!
Pude sentir como mi corazón se rompió de nuevo. Estaba claro que lo que Paulina había dicho en la oficina era verdad y ellos estaban juntos de nuevo, o lo estarían, y sé que nunca tuve un rol importante como su esposa, por lo que él hecho de que lo dijera finalmente sin ningún tapujo pudo más con mi orgullo. Ya tenía el corazón demasiado arrastrado y si no se había arrastrado más en estos dos años quizá era por falta de suelo.
Una ligera sonrisa se formó en mis labios y entre asentamientos dije lo que nunca pensé que diría en la vida, fuerte y claro.
—Quiero el divorcio —pedí sin temblor en la voz, a lo que Jared retrocedió un paso y me miró conmocionado, como si aquello lo tomara por sorpresa.
Pasó saliva y mirando al techo se echó pronto a reír.
—¿Ah sí? ¿Y qué harás luego? Te recuerdo que vives aquí, de mí, porque eres nadie en tu trabajo y no te conocen ni en la esquina. ¿Crees siquiera que vas a sobrevivir allá afuera sin mi influencia? Deja de decir tonterías —se detuvo y se quedó viéndome con sorna por un momento —. Además ¿Piensas que alguien te va a querer después del escándalo y la mala fama que te has creado?
¿Que me he creado?
Tuve ganas de gritarle que todo lo que me estaba pasando era gracias a él y a su añorada Paulina. Quise gritar tantas cosas, en realidad, pero solo me limité a bajar la mirada para ocultar mis ojos húmedos. Esto pareció enervar más a Jared, que suspiró profundo, apretó sus puños y miró hacia un costado, con su mandíbula tensa.
—Esto es una pérdida de tiempo. Haz lo que quieras —refunfuñó, dedicándome una mirada de esas a las que ya estaba, sin darme cuenta, muy acostumbrada.
De desprecio.
Salió de la habitación azotando la puerta. Solo que, en una cosa tenía razón. A partir de hoy, haría lo que quisiera, y separarme de él era lo que más estaba comenzando a querer.
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Cinco días. Ese había sido el tiempo que había estado fuera de aquella vacía y gélida casa. Cómo dije antes, ese no era mi hogar, solo era un espejismo creado por mi subconsciente, que todavía creía que lo que Jared y yo teníamos era un “matrimonio”. Nada más lejos de la realidad.
Supongo que, después de todo, todavía no había encontrado mi verdadero hogar. Pensar en eso me ayudaba a no sentirme tan incómoda por tener que dormir tantos días en un hotel alejado del centro de la ciudad. Tal vez la soledad me ayudaba un poco a desintoxicarme de él, de Paulina y de los escándalos recientes.
El elegido para mi sana distancia de Jared Martinez era el Grand Hotel Palace, un antiguo y famoso hotel de renombre que cautivaba a simple vista por sus alrededores boscosos y tranquilos y su majestuosa fachada al estilo victoriano. Me había hecho amiga de un par de gárgolas que adornaban la terraza, puesto que justo ahí pasaba mi tiempo escribiendo uno que otro artículo para el trabajo y leyendo algunos de mis libros favoritos en línea. Así pasé cinco días intentando no pensar en la pelea que habíamos tenido aquella noche, mas no podía seguir ignorando la situación. Mi decisión de terminar con aquella “relación” era firme y tenía que regresar a gestionar los papeles de la separación, antes que mi corazón se ablandara y decidiera quedarme a soportar más indiferencia y faltas de respeto. Le había dicho a Ian que me hiciera el favor de buscarme un buen abogado, pero que aparte de profesionales fuera discreto. No quería arreglos, de hecho nada que perteneciera a Jared me interesaba en lo absoluto. Por mí podía quedarse con su fortuna completa, sus mansiones, su empresa entera y sus autos de lujo. Solo quería recuperar un poco de mi paz mental y emocional, y estando aquí me di cuenta de que no la tenía desde que llegué a la casa de los Martinez.
Decidida, empaqué la poca ropa que había logrado llevarme aquella noche, mis documentos y mi laptop y llamé un taxi, el cual llegó treinta y cinco después. Solo esperaba que Jared no me pusiera las cosas más difíciles.







