C5. La humillación

[EVA]

Cómo si aquel incómodo vestido, esos espantosos zapatos altos y los comentarios pasivos agresivos que soltaba Paulina no hubiesen sido suficientes, las risas a mi alrededor devastaron un poco más la casi nula seguridad que me había costado obtener de camino al evento. 

Ahí estaba entonces yo, a punto de caer al piso, cuando aquellos brazos fuertes me sostuvieron de último momento. En un principio no supe de quién se trataba. Sin embargo, el olor amaderado de su perfume lo delató a los pocos segundos.

Era Jared quien me sostenía entre sus brazos, lo cual me sorprendió mucho, pero más me sorprendió la expresión que se dibujaba en su rostro. Era como si una parte de él se ablandara, o sintiera un poco de… ¿Empatía? ¿Tristeza? Era difícil de describir. Solo sé que se sintió extrañamente bien, así que atiné a rodear su cuello con mis brazos, en un instante que se sintió bastante íntimo, con una confianza que jamás habíamos tenido, pero que disfruté tener entre nosotros, así fueran unos segundos. Casi llegué a pensar que le dolía verme humillada o en el más extremo de los casos, derrotada. Aunque claro, si de expresiones hablamos, la de Paulina era toda una joya. El color de su rostro era del tono de un tomate en ese instante, sus manos apretaban su pequeña cartera dorada y podía asegurar que escuché cómo rechinaba los dientes a la vez que apretaba su mandíbula y lanzaba uno que otro improperio. No quedaba ni la sombra de su sonrisa con sorna de hace rato.

—infeliz mustia —dijo entre dientes, dando media vuelta con brusquedad y entrando al salón cuál toro embravecido.

No sé si solo la escuché yo. Supongo que no, porque apenas ella desapareció por la puerta, aquellos brazos fuertes que me habían salvado, y me habían dado un poco de estabilidad segundos atrás, nuevamente me dejaron caer al piso. El golpe de mi trasero estrellándose con el piso fue cubierto por la voz de un señor alto de cabello canoso y aspecto elegante, casi como si estuviera viendo al mismísimo avatar del monopoly, pero este hombre era el señor Everet, al menos así fue como lo llamó Jared, apresurandose a saludarlo cuando éste llamó su atención.

—Así que si viniste después de todo.

—Señor Everet. 

—Jared, me he dado cuenta de que te quedarás en el hotel esta noche. Eso significa que estarás para la firma.

—Así lo tengo planeado. Este evento es importante.

—Claro, y además habrá muchas personas importantes con las que podrás entablar lazos profesionales… —dijo, deteniendo un poco su voz a medida que me observaba de arriba hacia abajo, con cierto desdén, cómo si fuera una especie de cucaracha—. Y no tan profesionales. Me he dado cuenta de que Paulina regresó —remató, centrándose de nuevo en Jared—. Has de estar muy feliz.

—Fue una sorpresa —respondió, tomando una de las copas que le ofreció uno de los meseros que iba pasando con la charola. 

Aquel sorbo se escuchó profundo, así como su voz y la risa de aquel hombre.

—Supongo que sí. Ahora podrán ponerse al día —le extendió la mano—. Espero que la próxima vez que hablemos sea en un momento menos…. Bochornoso.

—Claro —se despidió, estrechando su mano.

Quizá esperé demasiado de Jared. A lo mejor esperaba que inútilmente me diera mi lugar durante el evento. Digo, por algo me había invitado. Pero fue todo lo contrario. De hecho era todavía un misterio.

Todavía me preguntaba si lo había hecho para darme mi lugar y callar a los medios amarillistas o solo lo hacía para darle celos a Paulina y de paso humillar más de lo que ya había hecho a mi persona; me incliné más por lo segundo.

Dolía, sí, pero tenía que levantarme o quien se estaría humillando sola sería yo. Y no, no era drama. En verdad me costaba levantarme debido a esos asquerosos tacones.

Con mucha dificultad me puse de pie. Sí, hubiera querido un poco de ayuda, aunque sabía que en realidad no la tendría. Ahí estaba yo, lidiando sola con todo, cómo desde hace tres años atrás.

Al llegar aquí tuve la vana ilusión de que no todo estaba perdido. Pensé que lo que sentía por mi esposo valía la pena. Que tenía algo por lo que seguir y estar unos escasos segundos entre sus brazos casi hace que tuviera una idea equivocada. Ahora hasta agradecí que me soltara. No de una, sino de muchas formas.

No hay nada más triste que sentirse sola, estando acompañada y él me había dejado sola una vez más.

Esto no iba para ningún lado. Nunca, de hecho, tuvo algún sentido.

Mientras me sacudía el vestido, Jared se despedía de su socio y saludaba a otros conocidos y amigos con total serenidad. Nótese que mi presencia aquí no valía nada para él. Entre esos amigos se encontraba Marlon, quien sí notó que yo seguía ahí y aprovechó para soltar una risa socarrona y desdeñosa.

—¿Es en serio, Jared? —me miró de pies a cabeza, justo como el señor Everet lo había hecho anteriormente, pero con mucho más desprecio y claro, más descaro—. ¿Por qué o para qué la has traído a este lugar? —inquirió. Yo me preguntaba lo mismo—. Está más que claro que ella no pertenece a nuestro círculo social. Solo mírala. Es una vergüenza.

Jared revolvió el whisky de su copa, aclaró su garganta como si le diera la razón al idiota de su amigo y evadió totalmente mi mirada. Me dió la espalda caminando hacia el salón, dónde lo esperaban sus amigos y socios. Solo así, sin importarle realmente como me sentía. Aquello de alguna forma me hizo tocar fondo. Me hizo darme cuenta de que esto sería así siempre. El que se suponía era mi esposo decidía de nuevo ponerse del lado de las personas que me humillaban o despreciaban y esto para mí ya era todo. No reprendió a Paulina, que fue quien inició todo. No dijo nada ante Everet y tampoco se puso de mi lado cuando su amigo me miró peor que basura.

Si alguna vez llegué a pensar que Jared Martinez podía cambiar y darme un poco de importancia, ahora entendía que no y que era totalmente inútil guardar alguna ilusión de ello. Quizá solo debía de marcharme… y comenzaría haciéndolo de aquel evento al que tal parece yo no pertenecía.

Lo irónico de esto es que yo ya lo sabía y por obstinada me había quedado hasta este punto.

Me di la vuelta y caminé hacia la salida, convencida de una cosa. Aquello se tenía que terminar.

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