C10. Una simple gastroenteritis

[EVA]

Dicen que las cosas importantes pasan en la vida de manera desapercibida y ordinaria, tan imperceptibles que terminan siendo una sorpresa cuando te das cuenta. Dicen que esa clase de cosas son las que más valor tienen al final de tu camino en este plano y son las que más duelen cuando se recuerdan con amor. Sin embargo, en ese momento, un tremendo asco era todo lo que podía sentir. Un momento estaba en una reunión importante con el equipo de redacción y el equipo de planeación, y al otro tenía la cabeza metida en el baño de mi oficina.

—¿Estás segura de que estás bien?

Dos toques en la puerta del cuarto de baño me obligan a levantar la cabeza del bater y asentir débilmente, aunque sé que él no me ve.

—Estoy…¡Buah! Bien… Eso creo.

—No te escuchas bien —Ian intenta abrir la puerta, pero se lo impido, dándole una patada de caballo a la puerta.

—¡Auch!

Creo que le pegué en el rostro.

—De acuerdo, te creo. Pero ¿Qué le digo a Masón? Está furioso porque nos salimos de la reunión justo cuando él estaba hablando.

Me reprimí las ganas de rodar los ojos—. Dile que… —“Qué se joda”—. Dile que regresaré en un momento. Algo que comí seguramente me cayó pesado.

—¿Comiste?

Detuve mis pensamientos de golpe.

—Esa es una buena pregunta.

Ahora tenía sentido. Esa sin duda era la razón. Llevaba dos días sin poder probar un bocado. Quizá era el estrés porque había estado llegando bastante trabajo a la oficina, por un festival que se realizaba casi siempre para estás fechas, por lo que llegaban bastantes personalidades importantes y casi no nos quedaba tiempo de hacer nada más que no fuera entrevistarlas. Y ahora a Mason se le había metido en la cabeza que debíamos hacer podcasts con esas celebridades, convencerlas de hablar de algún tema tabú o arriesgado y conocer su postura al respecto. 

He de ser honesta. La idea no sonaba tan mal. El problema era que muchos de los “invitados” no querían participar. Ahí era donde entrabamos nosotros, según Masón, a tratar de convencerlos.

Pero rebobinando. No había comido bien en esos dos días y el estómago me estaba matando. De pronto sentí unas fuertes ganas de ir por un cheesecake de chocolate con limón. La sola idea hacía que se me moviera la tripa del hambre. Tanto, que daba igual el asco que sentía unos segundos antes.

Me lavé bien las manos, me enjuagué el rostro y salí como nueva del cuarto de baño. Ian me miró como si tuviera arañas en el rostro.

—¿Qué te pasa?

—¿Quieres un cheesecake?

—Dime que no se te antojó eso en el baño.

Sonreí con complicidad.

—Podemos aprovechar mi malestar como excusa y escaparnos un momento del trabajo.

Al castaño pareció gustarle mi idea.

—Tú mandas, jefa.

Tal como lo planeamos, regresé a la sala de juntas para decirle a Masón que me sentía muy mal del estómago, y antes de que le diera más detalles, me echó de la reunión con cara de asco. Claro, tuve que decirle que Ian sería mi chófer designado para que también lo dejara ir. Si me sentía mal, pero digamos que a él le exageré un poco las cosas. 

Llegamos al “Reino del pastel” con Ian y ordenamos nuestros respectivos postres. Hasta ese momento y cuando probé mi mezcla de sabores a los que Ian llamó “Una abominación” me sentía en la gloria. No obstante, un par de minutos después salí corriendo hasta el baño del lugar a devolver todo de nuevo.

Esto tenía que ser una broma.

❀~✿ ❀~✿ ❀~✿ ❀~✿

—“Doctora Deras, tiene una llamada en recepción”

—“Código uno en el área de cuidados intensivos”

Suspiro profundamente y reviso la hora una vez más. Llevo casi dos horas en la sala de espera de la consulta externa del hospital, atenta a los resultados de mis exámenes generales.

Estoy casi segura que todo esto deriva del estrés del trabajo y a mi mala alimentación de los últimos días y aunque traté de hablar con Ian para convencerlo de no traerme al hospital, se ensimismó en que no quería quedar sin trabajo por culpa de una jefa irresponsable que no cuidaba de su salud, porque no quería ser asistente de nadie más en esa oficina, y me trajo al hospital. Lo gracioso es que solo me vino a dejar y se fue a su casa.

Me entretengo viendo a la gente pasar, froto mis brazos para agarrar calor porque los hospitales son fríos por defecto y me acomodo en mi asiento. 

—Señora Woods.

El doctor López, quien me indicó los exámenes, me llama a su consultorio. Lleva una tableta con papeles en la mano; supongo que son mis resultados. Una vez dentro de su consultorio me dedica una sonrisa alegre y me extiende los documentos que carga.

—Felicidades, señora Woods, está embarazada...

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