CAPÍTULO 49: La prisión de mis propias mentiras.
Liam.
El café sobre mi escritorio se había enfriado por completo, pero no podía obligarme a tocarlo.
Estaba sentado en mi silla de cuero de alto respaldo en la sede de Kingsley Corps, con los ojos pegados a la pantalla de mi teléfono personal. Durante las últimas tres horas había enviado mensaje tras mensaje a Evelyn.
“¿Estás bien?”
“Evelyn, por favor respóndeme.”
“¿Hice algo malo?”
Pero no había nada de su parte, ni siquiera un acuse de recibo.
Un golpe agudo rompió el silencio de mi oficina.