Margaret podía sentir el calor del abrazo de Lucien aferrado a su piel, ese olor inconfundible que alguna vez la hizo sentir protegida y amada. Por un instante, quiso rendirse, dejar que aquel recuerdo la envolviera, pero la razón fue más fuerte. Sus ojos se llenaron de lágrimas temblorosas mientras lo empujaba con suavidad, obligándose a respirar.
—Lucien… —susurró, la voz quebrada—. No puedes hacer esto, es injusto de tu parte.
Él la miró, confuso, con las cejas fruncidas y la mandíbula tens