Maya no podía moverse. La foto le quemaba los ojos. La abuela Nan estaba sentada atada a su vieja silla de madera, la misma en la que solían tomar té todas las noches. Un cuchillo presionaba la piel suave de su garganta. El mensaje debajo de ella le heló todo el cuerpo.
“Tik tok, Maya. ¿O debería decir… la florista muerta que debería haberse quedado muerta?”
Sophia le agarró el brazo suavemente. “Maya, tenemos que irnos. Ahora.”
Ella asintió, obligando a sus piernas a funcionar. Salieron del cl