Chiara no perdió el tiempo, sabía lo que deseaba, lo deseaba a él y, antes de que su prometido se diera cuenta de lo que la joven pretendía, ella ya le había quitado la ropa y disfrutaba del roce que se daba entre sus cuerpos desnudos, de esa sensación de querer fundirse con él en cada movimiento. Lo que más sorprendía a la italiana era la facilidad que tenían sus cuerpos para reconocerse y de buscarse mutuamente, como si se necesitaran, pero, sobre todo, lo que más le fascinaba a ella era esa