La cuerda de yute se hundía en mis muñecas como si estuviera hambrienta, las fibras se apretaban sobre la piel en carne viva que ya había abierto por haberla retorcido demasiado fuerte la última vez.
Colgaba de una estructura atornillada al techo del garaje. Mis dedos de los pies apenas tocaban el suelo manchado de aceite. Mis tobillos estaban sujetos a una barra separadora, forzada a abrirse tanto que me ardían las caderas.
La venda que me había puesto era su vieja camiseta de la Marina, empap