Aquella noche, nadie pudo dormir en el palacio Robio.
Las luces permanecieron encendidas hasta el amanecer. En los pasillos, los empleados caminaban en silencio, conscientes de que algo decisivo estaba por ocurrir.
En el último piso, la gran sala de reuniones estaba envuelta en una atmósfera de tensión.
Los diez hermanos rodeaban una enorme mesa, con el cansancio reflejado en sus rostros. Frente a ellos, un mapa detallado de Nueva York se proyectaba en una gran pantalla. Charles analizaba imáge