Caía el atardecer sobre aquel precioso horizonte, cuando llegamos al lugar que él había mantenido en secreto hasta ese momento. Una puerta que guiaba por un solo camino, como una autopista sin fin, a ambos lados el desierto nos recibía y a mí, se me puso la piel de gallina al entrar en ese oasis.
Él sonreía agarrando mi mano y viendo mi cara de asombro ante el espectáculo que teníamos delante. Aquello era algo inexplicable, había pasado de dejarme envolver por el cambio de paisajes y de forma d