78. Imprudencia
Sara Sandoval
Ernesto y yo caminábamos hacia la laguna, tomados de la mano. A medida que nos alejábamos de la casa de mis padres, su actitud fue cambiando: se volvió más juguetón, más cariñoso… Me rodeó la cintura con el brazo y empezó a besarme el cuello, despacio, como si el tiempo fuera nuestro.
—Me tienes loco, ¿lo sabes? —murmuró cerca de mi oído.
Sonreí. Me encantaba cuando me hablaba así, cuando me decía lo mucho que me amaba, cuánto me deseaba. Porque yo sentía lo mismo. Cada palabra su