El corazón le latió con fuerza.
— ¿Catarina? — llamó, con la voz temblorosa.
Ella no abrió los ojos, pero el contacto estaba ahí: real, firme, vivo. Henri llevó la otra mano hasta la suya, sujetándola con cuidado, como si tuviera miedo de que aquel milagro se escapara.
— ¿Me estás escuchando…? — sus