Tras escuchar todo el desahogo de Doris, Ava siente un nudo en el pecho. Una punzada de culpa la atraviesa al darse cuenta de que, en las últimas semanas, había sido demasiado dura con aquella mujer, alguien que, en el fondo, solo estaba intentando sobrevivir a un pasado que aún sangraba por dentro.
Cuando Doris sale de la habitación, con pasos silenciosos y la cabeza baja, Ava se queda allí, mirando la puerta cerrada.
Y, sin pensarlo dos veces, se hace una promesa silenciosa a sí misma: no voy