Me dirijo hacia la playa, el atardecer daba un magíco show de colores y la brisa del mar dejaba que mis fosas nasales se inundaran de su olor salino. Me dejo caer en un camastro, me quedo sentada alzando mis rodillas y metiendo mi cabeza en ellas, así mismo dejando salir un enorme suspiro.
—Bueno, si quiera no estás confusa y molesta en tu habitación de casa. - giro hacia donde se encontraba esa voz tan amistosa. Un hombre de más o menos 30 años, con una sonrisa amable, piel bronceada y esculp