—¿Qué carajo estás haciendo aquí? —el gruñido que desgarra el aire tenso le pone la piel de gallina. El odio crudo pululaba en sus piscinas, ella bajó la mirada.
—Yo... —trató de formar una palabra en medio del pesado nudo en su garganta. Por un segundo olvidó la palabra básica de todos los días.
Las comisuras de sus labios se apretaron con impaciencia.
—El Rey ordenó... ordenó a Adrián que me dejara aquí —dijo ella y una arruga de ceño se posó en su rostro.
—¿Por qué? —la repentina calma en su