El solo pensamiento de que otro se convirtiera un día en el esposo de su mujer le ponía piel de gallina. Levantó los ojos para evocar a Virginia amorosa. Era una divinidad. No hay nadie como ella para besar y acariciar. No había que rasgarse las vestiduras esperando que ella se lanzara a amar. Lo hacía con suma facilidad, era excitante, apasionada y voluptuosa y a veces mimosa como una gatita.
¡Maldita sea! ¿Por qué tenía él que pensar aquellas cosas en aquel instante, precisamente, cuando esta