Luciana tardó un instante en darse cuenta que no estaba teniendo un sueño. Ignazio en realidad estaba en su habitación, aunque no lo había escuchado entrar.
Entrecerró los ojos, la luz del día hacía que su dolor de cabeza se sintiera peor. Era como si alguien le estuviera taladrando la cabeza y solo quería que se detuviera.
—Buenos días, preciosa. —La voz de Ignazio sonaba ronca y más profunda de lo normal.
Él se hizo hacia atrás y se aclaró la garganta.
—¿Qué haces aquí? —preguntó dándo