ROMINA
Sólo quería llegar a mi casa, no era mucho pedir. Sentía que el taxista iba en modo caracol, y todos los semáforos iban en rojo en cada puta calle, me palpitaban la sien de lo mal que me había salido esta noche.
Que él fuera el hombre de la discoteca ya era una cosa, pero que también fuera el hombre que deje plantado por accidente y que posterior a eso me plantó él a mí, ya me parecía demasiado hasta para mí y mi bendita suerte.
Desde pequeña supe que está vida era de tiburones y pececil