—Omar, ¿qué dices?— Doña Francisca habló de repente.
Omar mantuvo una expresión impasible en su rostro, sus ojos mostraban el cansancio de una noche sin dormir mientras escaneaba a la multitud.
—No tengo mucho que decir, solo una cosa— respondió con calma.
Un silencio se apoderó de la sala.
Adriana aguzó el oído.
En el siguiente instante, Omar tomó la mano de Adriana y la colocó sobre la mesa.
—A menos que esté muerto, nadie debería intentar pisotear los huesos de mi esposa e hijos para ascender