Mundo ficciónIniciar sesiónPOV Amara
Desde que me mudé al apartamento de Sabrina, mi vida se volvió más acogedora. Pasamos los días durmiendo, paseando en el parque o viendo películas, y las noches trabajando juntas.
Mientras me maquillaba, me quedé mirando mi reflejo en el espejo. El vidrio roto había dejado una cicatriz en la comisura de mi ojo.
— ¡Amara, se nos hace tarde! —Sabrina se acercó.
— ¿Me veo fea? —pasé los dedos por la marca cerca de mi ojo.
— ¡Para nada! ¡Eso es la prueba de que te debo la vida! ¡Eres la segunda mujer más bonita del mundo!
— ¿La primera eres tú? —pregunté sonriendo.
— ¡Es mi madre! Ahora ven, ¡te haré un maquillaje de ojos con mariposas!
Pero el alivio de tener un techo duró poco; mi cuerpo no me dejaba olvidar la realidad. El embarazo ya empezaba a marcar su presencia en cada detalle: la ropa me quedaba más ajustada, mis caderas parecían ensancharse cada semana y, a veces, me sorprendía mirándome al espejo sin reconocer a la mujer que me devolvía la mirada.
Las náuseas venían sin avisar. Un día, después de que vomitara en el baño, Sabrina acarició mi espalda con lástima y dijo:
— Amara, ya no puedes salir a trabajar, tu cuerpo no va a aguantar.
— Todo está bien, es una reacción normal. Muchas mujeres siguen trabajando hasta poco antes del parto.
— Pero...
— Y necesitamos el dinero, ¿no? Lo que ganamos ahora apenas alcanza para comer; mantener a un niño es otra cosa. —El dinero que ganaba por la noche en el bar estaba muy lejos de ser suficiente para garantizar el futuro que quería darle a mi bebé.
Al final logré convencerla y ella aceptó que siguiera trabajando por tres meses más. Lo que ella no imaginaba era que ya había conseguido un empleo de limpiadora en una gran empresa de joyería con mi identidad falsa.
Durante el día, mientras ella dormía tras su turno, yo me transformaba. Uniforme sencillo, cabello recogido y una placa con el nombre falso: Kamala. El supervisor quería que el suelo brillara como un diamante, y eso agotaba mis fuerzas. El embarazo lo hacía todo más pesado: los pasos eran lentos, la espalda me dolía y el cansancio se acumulaba como un peso atado a mis huesos.
Dos meses después, hasta respirar parecía exigir demasiada energía. Aquella mañana, ocurrió el error.
El pasillo estaba en silencio. Acababa de pasar el trapo y la superficie brillaba bajo las luces frías del techo. Estaba distraída, pensando en la lista de cosas que aún necesitaba comprar para el bebé, y olvidé colocar el cartel de “Cuidado, suelo mojado”, cuando sentí que mis pies resbalaban levemente. Logré equilibrarme, pero, en ese mismo instante, Beatriz Argento pasó a mi lado y no tuvo la misma suerte.
Su tacón alto se deslizó. El sonido de la caída ecoó en el pasillo, seguido de un grito estridente. El bolso voló hacia un lado, el celular hacia el otro. Su cuerpo cayó de forma aparatosa, como si estuviera en el escenario de una obra de teatro.
— ¡Aiii! ¡Ballena, ni siquiera sabes limpiar el suelo! —escupió con la voz cargada de desprecio, levantando su mano de uñas rojas para señalarme—. ¡Esta desgraciada me agredió!
Vi cómo se estiraba hasta donde cayó su celular, lo manipuló rápidamente y se lo llevó al oído. Pocos segundos después, hizo una mueca y comenzó a hablar de forma llorosa.
— ¡Bebé! ¡Me ha pasado uma tragedia! Una limpiadora gorda e inútil me derribó y estoy muy lastimada, ¡necesito que vengas a socorrerme!
Colgó y todo el teatro se disipó; solo quedó odio en la mirada que me lanzó. El murmullo explotó. Se abrieron puertas, aparecieron rostros. En segundos, había un círculo de gente alrededor.
Levanté las manos en señal de defensa.
— Fue un accidente, yo… —mi voz se perdió bajo los murmullos.
Beatriz se retorcía en el suelo como si estuviera rota a la mitad. Una o dos personas se agacharon para ayudarla, pero ella apartó las manos dramáticamente, como si fuera intocable.
Y entonces el sonido cambió. Pasos firmes y acompasados resonaron por el pasillo. Las conversaciones cesaron. Una mano apartó a un empleado, luego a otro, hasta que apareció él.
Killian.
¡Esta empresa era suya!
Traje impecable, postura erguida, una mirada que congelaba el aire. No necesitó decir nada para que todos se alejaran un poco más. Sus ojos azules barrieron el lugar y se detuvieron en mí. Esa mirada pareció durar un siglo. Se me revolvió el estómago. Menos mal que la mascarilla de limpieza que usaba cubría la mitad de mi rostro.
— ¡¡Killian!! ¡Amor! ¡Mira lo que esta mujer me hizo! —lloriqueó Beatriz, extendiéndole el brazo como una damisela en apuros.
Él no respondió. Simplemente la tomó en sus brazos y ella se acurrucó como si fuera su lugar por derecho. Fingí que no me importaba, pero la opresión en mi pecho ardía. Era como si cada paso que él daba con ella me empujara más lejos de lo que alguna vez estuve.
El círculo de espectadores comenzó a dispersarse, pero no sin antes lanzarme miradas de juicio. Algunos cuchicheaban, otros sonreían de lado, como si fueran espectadores de una telenovela barata.
El supervisor del sector de limpieza apareció con expresión dura.
— ¡Kamala, mira lo que has hecho! ¡Ella es la esposa del CEO!
Intenté argumentar: — Fue un accidente… —pero mi voz tembló.
— ¡Estás despedida!
Sabía que ya no tenía oportunidad. — Entonces, mi suel...
— ¿Sueldo? ¿Aún tienes el descaro de hablar de sueldo? ¡Bastante favor te hago con no obligarte a pagar una indemnización! ¡Ni pienses que vas a recibir un centavo!
El aire se sentía pesado, difícil de respirar. Recogí mis cosas sintiendo cada par de ojos siguiéndome hasta la puerta. El ruido de mis pasos resonaba en el pasillo vacío, mezclado con el sonido distante del ascensor llevándose a Killian y Beatriz lejos de allí.
Cuando salí del edificio, el viento frío de la calle me golpeó, mas con él vino un alivio inesperado: no me había reconocido. Y ya que él era el CEO de esa empresa, ser despedida no era del todo malo.
Necesitaba estar lo más lejos posible de él. No importaba el sueldo, no importava el futuro inestable. Era mejor empezar de cero que correr el riesgo de ser arrastrada a la órbita de Killian otra vez.







