París amanecía envuelta en una elegante calma que engañaba incluso a quienes conocían bien el peso de aquella ciudad. Las avenidas lucían impecables bajo el cielo grisáceo, las cafeterías comenzaban a llenarse de ejecutivos y turistas, mientras las grandes empresas abrían nuevamente sus puertas para otra jornada de negocios. Nadie imaginaba que, detrás de aquella aparente normalidad, las piezas más peligrosas de un juego que llevaba meses preparándose acababan de ocupar sus posiciones definitiv